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IgnacioMora

SEGUNDA REPÚBLICA Y REVOLUCIÓN

SEGUNDA REPÚBLICA Y REVOLUCIÓN

 

Ha existido desde hace mucho tiempo en la historiografía española la idea, con respecto a la Segunda República, que los partidos de derecha eran aquellos que añoraban la monarquía perdida de Alfonso XIII que se fue dejando el campo abierto a los firmantes del Pacto de San Sebastián para implantar un gobierno provisional republicano.

En los libros de texto de bachillerato ( Balanzá, M et al, 1987; Sánchez Pérez, 2009) nos siguen diciendo que las formaciones de esta tendencia son los monárquicos alfonsinos, los carlistas, el Partido Agrario, Acción popular (de inspiración católica) y Falange Española, y entre los de centro y de izquierdas encontraríamos al Partido Radical de Lerroux, el P. Progresista de Alcalá Zamora , Izquierda Republicana de Manuel Azaña y, claro está, a los partidos que sí son netamente de izquierdas como PSOE, PCE, CNT, Esquerra Republicana y el Partido Radical-socialista de Marcelino Domingo.

Es evidente que aquellos que extrañaban la figura del rey, como Calvo Sotelo, se encuadrarían dentro de la derecha, pero en un país donde la trayectoria democrática desde 1876 era muy deficiente y con un número de partidos muy pequeños, la llegada de la república con su proliferación de partidos, implicaba que la mayoría de éstos basaban su éxito en la personalidad y el carisma de sus líderes. Muchos ciudadanos se orientaban políticamente según su afinidad con un político que había creado un partido “ad hoc” para concurrir a unas Cortes que, con la Constitución de 1931, se plagaron de pequeños partidos que se solapaban en su ideología y que su único aglutinador era el líder. De esta forma, para entender la evolución política de la Segunda República,hay que ver la trayectoria y biografía de esos prohombres que cubrían el espectro político en las diferentes etapas de este periodo.

Así, el gobierno provisional que hubo entre el 14 de abril y el 9 de diciembre de 1931, tuvo como presidente del gobierno a Manuel Azaña que era un hombre que pertenecía a la burguesía liberal, culto y ambicioso pero de una ideología que no se puede calificar precisamente de izquierda. Los ministros que conformaron este gobierno procedían en su totalidad de las clases medias-altas y alta: a parte del antiguo periodista y notario Azaña, aparece el abogado y terrateniente cordobés Niceto Alcalá Zamora , el ex-ministro monárquico Maura de familia noble, Fernando de los Ríos y Álvaro de Albornoz también procedentes de una familia adinerada asturiana. Tras la aprobación de la Constitución en Diciembre de 1931 y la formación de un nuevo gobierno, da comienzo el periodo del bienio progresista y de nuevo nos encontramos con Alcalá Zamora, en este caso ya como presidente de la República, y a Azaña como jefe de gobierno y con un consejo de ministros muy parecido al anterior, es decir, compuesto por miembros de una burguesía de clase media procedente de profesiones liberales (abogacía, periodismo) que en ningún momento comulgaba con posturas extremistas de inspiración marxista. Era el caso de Casares Quiroga, A. Lerroux, M. Domingo, A. de Albornoz. Solamente Indalecio Prieto y Largo Caballero llegaron a la política procedentes del PSOE y la UGT.

Es también sabido que el ala más izquierdista del socialismo español, la encabezada por Largo Caballero, sí tenía una inspiración marxista, pero era dentro del Partido Comunista, que se había creado en 1921 y que formaba parte de la Tercera Internacional, en donde el marxismo había alcanzado su máximo desarrollo en España.

Los marxistas españoles, así como muchos miembros de la Internacional, vieron el la llegada del la Segunda República una de las fases de la revolución proletaria de la que habló Marx. Se trataría del dominio de la burguesía , lo que en la terminología marxista-leninista se denominó la “república burguesa”, nombre que el el marxismo y el anrquismo español se refirieron al sistema político nacido en 1931 como consta en discursos, artículos y escritos de sus principales representantes. Muchos la asimilaban con la Revolución de Febrero en Rusia que llevó al poder a Kerensky. Sus similitudes eran que se había suprimido la monarquía secular y corrupta, se había instaurado un régimen republicano encabezado por la burguesía progresista, pero burguesía al fin y al cabo y por lo tanto, representante de los intereses del capitalismo. La laicidad de la enseñanza, la ley del divorcio o la secularización de los cementerios, lo veían como algo apropiado pero que, indudablemente, no era el fin último a conseguir pues, según la teoría merxista-leninista, sería realizar una revolución a llevase a la clase trabajadora al poder e implantar así la “dictadura del proletariado”.

En discursos, artículos de prensa e intervenciones en Cortes, los dirigentes del PCE siempre atacaron a la República acusándola de burguesa y contraria a los intereses de la clase obrera. El Partido Comunista nunca tuvo una importante representación parlamentaria. Así en las Cortes constituyentes de 1931 no obtuvieron ningún escaño, en las constituidas en noviembre de 1933 obtuvo solo un diputado y en las de febrero de 1936, cuando ganó la coalición de izquierdas del Frente Popular, el PCE obtuvo 17 diputados (Tamames, 1988). Por eso nunca vieron al sistema democrático de la Segunda República como algo que les permitiría alcanzar el poder de forma pacífica y democrática. Mas bien lo veían como una etapa transitoria en la que la sociedad se descompondría y facilitaría la labor de los revolucionarios. En los años treinta del siglo XX, antes de que la "Eescuela de Frankfurt” estableciera sus premisas entre la izquierda marxista, la postura leninista de hacer una revolución violenta por medio de un partido organizado y a la vanguardia del proletariado era la predominante. Esta era la postura del comunismo españo len la época de la Segunda República y que era común a la mayor parte de los partidos comunistas del mundo. Así pues, ya durante los años treinta, se vio a este régimen republicano como algo a lo que había que atacar . Las actas de las Cortes republicanas de los meses de abril a junio del 36 en las que se recogen las intervenciones de los diputados comunistas, en concreto las de su secretario general José Díaz Ramos y su figura emergente Dolores Ibarruri, están plagadas de términos peyorativos contra una república que no acababa de asentar la democracia en España:

El PCE, fundado a comienzo de los años 20 siguiendo los principios esenciales de la Internacional Comunista (…) Recibió a la República como una dictadura “burguesa-latifundista” y hasta el verano de 1934 la línea del partido fue fiel a la táctica de “frente único” y la teoría del “socialfascismo” y la política de “clase contra clase” (Casanova, 2009, pág. 97).

Igualmente durante el periodo de la Revolución de 1934, cuando los sindicatos más radicales quisieron derribar al gobierno legítimo de la República surgido de las elecciones de 1933, las sesiones en la cortes están plagadas de intervenciones en las que se acusa al gobierno radical-cedista de burgués y represor y en la prensa de partido se hacía mención a la revolución proletaria cuya hora había llegado como llegó la revolución de octubre tras la de febrero en la Rusia de 1917. El fracaso de esta intentona revolucionaria dio lugar al pensamiento de que la desunión de las fuerzas progresistas y su falta de liderazgo y organización habían motivado el desastre, pero que llegaría el momento de resarcirse.

Los contemporáneos de estos acontecimientos por parte de la izquierda siempre tuvieron claro que la República era un medio, un instrumento para alcanzar una revolución que implantase un nuevo estado soviético en España. Anarquistas de la FAI y CNT, comunistas del PCE y del POUM y el ala más radical del PSOE, siempre hablaban en sus discursos en Cortes, en mítines o en cualquier acto público de revolución. Las diferencias ideológicas entre todas estas formaciones eran abismales para ellos, pero tenían en común la idea de que la República tenía que hacer una revolución, no era un régimen en sí mismo, no era algo destinado a perdurar en la Historia de España pues la República habría de ser una fase más en el proceso revolucionario que habría de conducir a España a formar parte de esa Europa que había empezado en 1917 en Rusia y que se había frenado por la tozudez de la Polonia de Pildusky , que había seguido intentándolo con los espartaquistas en la Alemania de Weimar donde los grupos paramilitares habían frenado una revolución que quería llevar a Alemania, en 1918 a la órbita soviética.

Los comunistas españoles vieron el la Segunda república la ocasión de levantar al pueblo contra el gobierno establecido para crear una situación de caos que la llevara al colapso y poder establecer una República Popular, algo muy distinto del espíritu democrático y liberal con el que nació la República española. Pero lo mas curioso de todo esto, como todos los historiadores del periodo reconocen, es que el mayor número de llamadas a la insurrección y a la revolución violenta va a venir de las filas socialistas. Del grupo más radical que era el encabezado por Largo Caballero. La prensa de la época hace referencia a discursos pronunciados por el político socialista en donde se recogen sus palabras en las que siempre resalta el carácter burgués de la república (de la que él fue ministro en diferentes gobiernos, llegando a presidir el consejo de ministros desde el 4 de septiembre de 1936 hasta el 17 de mayo de 1937). De la misma manera este político firmaba artículos en el periódico de su partido “El Socialista” en los que dejaba muy clara su postura de no admitir, bajo ningún concepto, que los partidos de derechas pudieran gobernar con el apoyo popular.

...el Parlamento no es inmutable, no es una institución ante la cual los socialistas tengan que arrodillarse rindiendo culto. Para mí (no sé para otros compañeros) es una de tantas armas que la clase trabajadora debe manejar para obtener sus reivindicaciones”

(Largo Caballero. El Socialista 21/4/1934. Nº 7.867, pág. 1. Discurso pronunciado en el acto de clausura del V Congreso de las JJ.SS.)

La radicalización del discurso de Largo Caballero se produce a partir de 1933 cuando, tras las elecciones de ese año, el gobierno republicano pasó a estar presidido por Alejandro Lerroux del Partido Radical y posteriormente por la coalición de este partido y la CEDA. Fue en este periodo de la historia de la Segunda República cuando la UGT participó, junto con otros sindicatos de clase, en la huelga general que desembocó en la Revolución de Asturias de 1934, en las que anarquista, socialista y, por primera vez, comunistas, proclamaron a “voz en grito” que ya no habrían de tomar el poder de forma democrática por medio de unas elecciones si no de forma violenta al estilo bolchevique en octubre de 1917 y con las armas en la mano.

En definitiva, la tesis central del presente artículo es relacionar las fases de la historia política de la Segunda República con las etapas propias de toda revolución política de la que nos habla Allan Todd (2000) en su libro sobre las revoluciones. Resumiendo las ideas, podemos decir que todo cambio político, social y económico radical y que se produce en poco tiempo, comienza con un primer momento denominado “Difusión de las ideas revolucionarias”. Para el periodo que nos ocupa obviamente estamos tratando de las ideas marxistas y, la primera cuestión que hay que plantearse, es cómo llegaron a nuestro país y cómo se difundieron.

Durante el periodo de vigencia de la I Internacional, entre 1864 y 1876, se produjo en España la llamada “Revolución Gloriosa” de 1868 que habría de apartar a Isabel II del trono y dar lugar a un periodo de nuestra historia convulso , lleno de inseguridades y de transformaciones sociales y políticas. Significativamente a esta etapa se la conoció como el “Sexenio Revolucionario”. Sin entrar en detalle de las polémicas que sucedieron en la Asociación Internacional de Trabajadores, hay que mencionar la agria disputa que se suscitó dentro de esta organización entre Karl Marx y Mijail Bakunin, que dividió al movimiento obrero en las dos tendencias que lo van a dominar a finales del siglo XIX y principios del XX: Socialismo y anarquismo.

En estos conflictivos años del Sexenio Revolucionario, la I Internacional va a mandar como representante a España a Fraga Pellicer, catalán y amigo de Bakunin, por lo que van a ser la ideas de éste (el anarquismo) las que primero van a entrar y a difundir. Será en 1871 cuando llegue a nuestro país Paul Lafargue, yerno de Marx , tras la caída ese año de la Comuna de París y por lo tanto, el socialismo marxista. Otro de los introductores del anarquismo español fue Anselmo Lorenzo que había conocido en Londres a Marx y a Engels pero que se decantó por la postura anarquista y fue uno de los fundadores de la CNT. Así pues, vemos que ya estaban introducidas en España las ideas revolucionaria que tuvieron los principales partidos de izquierda en al Segunda República española.

El segundo paso de estas etapas que conducen a la revolución, en la "rebelión de los privilegiados". Todos los autores citados en la bibliografía (Casanova, 2009; Malerbe et al, 1991; Jackson 1976) coinciden en afirmar que en los últimos años de su reinado, sobre todo desde el desastre de Annual y la implantación de la dictadura de Primo de Rivera, Alfonso XIII había perdido gran parte de los apoyos que tenía en el ejército y la banca. Tas las elecciones de 1931 se le hizo saber, por parte de altos mandos militares, que podría haber revueltas populares contra su persona y que el ejército no garantizaba su seguridad (Malerbe et al. 1991; Casanova 2009). Ante este hecho el monarca comprendió que, no solamente las fuerzas armadas cuyos altos mandos estaban mayoritariamente en manos de nobles, si no también empresarios y banqueros con los que antes había hecho negocios, habían dejado de darle su apoyo. Es decir, los privilegiados durante el régimen de la Restauración dejaron de ver al rey como alguien que podría garantizar sus privilegios en el futuro. Más bien la presencia del monarca, a tenor de los resultados de las elecciones locales del 31, era preocupante pues podría desencadenar disturbios peligrosos. Era preferible una república controlada que, aunque permitiera algunos desmanes, acabara poniendo orden en una sociedad tan desigual y en un momento en el que en el mundo se sufría la crisis económica de 1929.

La tercera fase de las revoluciones de Allan Todd es "la revolución en manos de los moderados". En todos los estudios sobre la Segunda República española, nos encontramos con que las primeras etapas de la misma son:

- Gobierno provisional (1931)

- Bienio progresista (1931-33)

- Gobierno de la derecha (radical- cedista) (1933-36).

En todos estos momentos la nación estuvo presidida por Niceto Alcalá Zamora. No podemos entrar aquí en su biografía detallada, pero son bien conocidas sus posesiones de tierras en su Córdoba natal y su actividad política en los gobiernos de la monarquía. Durante le Bienio Progresista presidió el gobierno Manuel Azaña que provenía de una burguesía acomodada que le permitió estudiar Derecho y ser notario después de haberse dedicado al periodismo e incluso haber tenido veleidades literarias. De la misma extracción social eran la mayoría de los ministros del Gobierno provisional y del Bienio. Se trataba de personas de clases acomodadas que tenían ideas progresistas en determinados aspectos políticos y sociales, como el matrimonio civil, el divorcio, la secularización de la enseñanza... Consideraban que España debía dejar atrás el conservadurismo más rancio y clerical representado por terratenientes, "señoritos" y la Iglesia, y dar cabida a personas con una visión mas racional y "moderna" de la vida. La monarquía, con su secuela de corrupción y el apoyo de los grupos más conservadores y tras la experiencia de la dictadura de 1923-30, no podía ser ya la institución que guiase un cambio social y político en nuestro país. De ahí que apoyasen a la República. La revolución consistía en cambiar leyes que favorecieran el anticlericalismo, la posesión de tierras por parte del campesinado para no depender de los grandes propietarios (los viejos “caciques” de régimen de la Restauración) o la creación de escuelas para dar una educación fuera del ámbito religioso a los jóvenes españoles.

Las leyes y normativa aprobada por los gobiernos y las Cortes entre 1931-33 no parecen indicar que se pretendiera hacer una radical transformación del sistema económico ni de la estructura de la propiedad salvo en el caso de la tierra con la Ley de Reforma Agraria de 1932, Se trata de políticas reformistas que en ningún momento quisieran utilizar la violencia para imponer un cambio total en la sociedad. No digamos cuando en 1933 el gobierno de la república cae en manos de Alejandro Lerroux, hombre claramente de derechas y posteriormente a la coalición del Partido Radica y la CEDA. Los tres periodos que hemos mencionado más arriba serian pues “moderados”, Se correspondería con la fase moderada de la que habla Todd.

No se puede negar que los elementos más radicales y exaltados no estuvieran presentes. Ya hemos visto como anarquistas y comunistas estuvieron presentes en el panorama político de la Segunda República (más los primeros que los segundos), pero hasta 1936 tuvieron un papel muy poco destacado en la política republicana.

Como ha sido resaltado por todos los autores consultados, los anarquistas no participaron en las elecciones y no entraron en el parlamento , negándose también a participar en el gobierno hasta la Guerra Civil. Los comunistas tuvieron muy poca representación e igualmente fue a raíz del levantamiento del 18 de Julio cuando empezaron a tomar preponderancia en el bando republicano, sobre todo cuando las juventudes socialistas y comunistas se unificaron en la JSU y el partido fue el que organizó milicias y comités locales para llenar el vacío del gobierno legítimo de la República en la caótica situación que creó el pronunciamiento militar.

Llegaríamos así a la fase “exaltada” de todo proceso revolucionario . Las elecciones a Cortes de febrero del 36 fueron todo menos transparentes. Esto se debió a la descomposición del gobierno derechista del Partido Radical y de la CEDA. El 29 de Octubre de 1935 Lerroux se vio obligado a dimitir como presidente del Consejo de Ministros por el escándalo del estraperlo (G. Jackson, 1976) y se encarga de formar un nuevo gabinete Joaquín Chapaprieta que anteriormente ocupaba la cartera de Hacienda. No duró mucho en el cargo, escasamente tres meses, pues sus reformas económicas para contener en déficit público fueron bloqueadas por sus socios de la CEDA, que en un principio habían apoyado su elección . El presidente Alcalá Zamora encargó entonces la presidencia del gobierno al centrista Portela Valladares, que tomó posesión de su cargo el 14 de Diciembre del 35 y cuya principal misión fue la convocatoria de elecciones generales que sacasen al país del atolladero en el que lo había metido Lerroux y sus corrupciones.

Portela disolvió el parlamento el 7 de Enero de 1936 y convocó elecciones para el 16 de Febrero y, una vez celebradas éstas, es donde empieza el galimatías del proceso electoral y del recuento de votos que dieron la victoria al Frente Popular. Portela Valladares dimitió como presidente del gobierno el 19 de Febrero, tres días después de los comicios ¡¡sin que hubiera acabado el recuento de votos!! (Álvarez Tardío y Villa García, 2017) y comenzó un periodo en el que muchas juntas electorales locales fueron controladas por miembros de los sindicatos y partidos que habían formado la coalición del Frente Popular sin que hubiera una autoridad que pudiera poner freno a excesos o desmanes. Los gobernadores civiles nombrados por el gobierno Portela Valladares se encontraron en una situación muy comprometida, pues su poder se lo había dado un gobierno que, nada más producirse las elecciones, ya no existía. Si imponían su autoridad podían encontrarse con que el gobierno salido de las Cortes del 36 -que seguro iba a ser del Frente Popular- podía desautorizarlos o incluso actuar penalmente contra ellos, lo que provocó su inhibición y en algunas provincias , su dimisión en otras, que se encontraron, en esos cruciales días sin autoridad y que fue sustituida por partidos y sindicatos obreros. Por supuesto que no vamos a entrar aquí en la agria polémica sobre la limpieza de las elecciones del 36. Lo que es un hecho es que la victoria de la coalición de izquierdas fue proclamada y reconocida de forma generalizada en aquél momento. El mismo Portela, antes de su dimisión, la reconoció y fue este un motivo de su renuncia: el fracaso de su formación centrista en dichas elecciones.

Comienza así una “fase exaltada” donde los elementos anarquistas, comunistas y socialistas van haciéndose con parcelas de poder, sobre todo a nivel local, que van a ser importantísimas durante el conflicto que se avecinaba. Es a partir precisamente del 18 de Julio, cuando en la España republicana se implanta la fase exaltada de la revolución. Todos los autores consultados en la bibliografía dedican un capítulo a la evolución de esa parte del país que siguió siendo fiel al régimen republicano y se coincide que en los primeros meses de la contienda el poder efectivo estaba en manos de los comités locales que disponían de sus propias milicias armadas y que fueron los causantes de las muertes y represión en esa zona hasta que, a principios de 1937, los líderes del Frente Popular acordaron la creación de un ejército popular más disciplinado y acabar así con los desmanes de las milicias.

En Historia los acontecimientos, aunque sigan unas pauta, no pueden repetirse ni ser iguales. La última de las fases de una revolución es “la reacción moderada y la implantación de un poder personal” que deriva en una dictadura. La reacción Thermidoriana del 18 de Brumario en la Revolución Francesa, implantó un directorio para dar fin a la época del Terror y, al final, se acabó imponiendo el poder personal de Napoleón. En la Rusia soviética, la reacción conservadora, tras octubre de 1917, fue una cruenta Guerra Civil que favoreció la consolidación del poder personal de Lenin y luego de su sucesor Josif Stalin. Si la Guerra Civil rusa la hubiera ganado el bando de “los blancos”, los más conservadores y reaccionarios, la dictadura hubiera llegado igual, sólo que hubiera sido de signo distinto.

No siempre la implantación de un poder personal se hace con los elementos propios de la Revolución como Napoleón o Stalin. En el caso de España el resultado se modificó de forma apreciable. Tras el Triunfo del Frente Popular y los primeros conatos de revolución política y social, con un gobierno débil como el de Santiago Casares Quiroga, con quien muchas veces no coincidía el mismo presidente de la República Manuel Azaña, la reacción conservadora no se hizo esperar. EL “Alzamiento” del 17 de julio en Marruecos y en algunas guarniciones peninsulares, no fue más que un intento de frenar la deriva revolucionaria que había tomado la Segunda República. En los primeros días los soldados sublevados llevaban la bandera republicana, que era la que tenían en sus regimientos, pero con el escudo recortado. Para muchos no estaba claro si en realidad estaban luchando por una República más ordenada y derechista o por un régimen nuevo cuya identidad, en las primeras semanas de guerra, nadie conocía. El gobierno de la España Nacional tuvo que dejar claro, apoyándose en la Falange y en su discurso de cambio social, que lo que llegaría tras la contienda, y si esta se ganaba, no sería una continuación del régimen anterior, si no algo nuevo que tampoco se especificó bien en qué consistiría, pero que al final resultó ser una dictadura militar en el más clásico sentido de la palabra. Lo que llamaron los dirigentes “nacionales” una España Nueva, no iba a ser una continuación mejorada de la anterior.

Se produce así una reacción moderada tras la fase exaltada del Frente Popular y los Comités locales, que acaba con la implantación de un poder personal, en este caso, del general Franco que, no olvidemos, entre 1931 y 1936 fue un militar de la República que siguió en activo tras la promulgación de la ley Azaña y que en el momento del Alzamiento, era gobernador militar de Canarias con tropas bajo su mando.

Se cumplen así las etapas características de toda revolución política, por lo que se puede considerar que el periodo de la historia de España entre 1931 y 1939 es una unidad cronológica en la que se intentó llevar a acabo un cambio político y económico que sólo fue a medias. En el aspecto político sí que la situación cambió completamente: la democracia que quería implantar la Segunda República definitivamente fue destruida, pero tampoco se volvió a imponer el sistema monárquico anterior al 14 de abril de 1931, Fue un régimen nuevo nacido de un pronunciamiento militar que ni siquiera tuvo precedentes en el s. XIX, pues los que se produjeron en ese siglo siempre eran intentos de imponer al rey una línea de gobierno determinada; eran insurrecciones breves que no llevaban aparejado un gran derramamiento de sangre, salvo el caso de las Guerras Carlistas, que no fueron intentos de golpe de Estado, si no sublevaciones de parte de la población y de la aristocracia por un rey . Con el final de la Guerra Civil de 1936-39 se instaura en España un régimen nuevo : un reino sin rey.

Ahora bien, este cambio político tan extraño, no se produjo paralelo al económico . La reacción conservadora de la que hemos hablado, lo que verdaderamente quería era frenar el avance y la implantación del comunismo y de la economía planificada que llevaría aparejada la destrucción del sistema económico capitalista. Éste se defendió de la única forma que supo en aquellos momentos históricos de grave crisis económica mundial: apoyando regímenes autoritarios que reprimieses los movimientos obreros más radicales que actuaban ya bajo inspiración soviética, interviniendo en economía para apoyar al sistema económico imperante. Estos intentos de salvar al capitalismo de su destrucción tras la crisis del 29 y el avance de los partidos marxistas afines a la III Internacional no fueron exclusivos de España. Alemania, Italia, Polonia, Hungría, Finlandia y muchos países latinoamericanos en los años 30 de siglo pasado, tuvieron gobiernos autoritarios que despreciaban la democracia y la arrinconaron a la espera de momentos mejores.

 

 

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